Bertrand Russell 1: Misticismo y Lógica
Bertrand Russell es mi escritor de no-ficción favorito, por mucho (Iba a decir filósofo, pero le queda chico). No leí tanto de él (Su bibliografía es bastante extensa), ni leí tantos otros libros, pero todo lo que leí de él supo dejarme con una saciedad a la que no se llega muy seguido en la vida. Una sensación muy particular de iluminación, de entendimiento recién obtenido, de que un tema no tenga cabos sueltos, el tipo de saciedad que solo puede dar algo que es la verdad, y que de alguna manera logra vencer la barrera del lenguaje y darnos algo que, aunque no lo sea, en el momento se siente como tocar lo absoluto.
Escribo de él con la esperanza de que provoque a alguno a leer alguna de las obras que acá se van a citar. No por iluminarlos a los lectores con el toque mágico de él, ni por engrandecer su figura, sino porque sus palabras son verdades que merecen ser propagadas, y las sabe decir muchísimo mejor de lo que yo nunca podré decirlas. Como no me sentiría del todo cómodo usando sus palabras como mías, ni “diciéndolo a mi manera” si se que ya está dicho mejor por él, no se me ocurre ninguna otra manera de encarar esto
Mi objetivo es ir escribiendo una serie de textos reviendo algunos de sus ensayos. A su vez, cumple la función de “bloc de notas” propio ya que iré revisando los ensayos que vaya leyendo, lo que se acopla muy bien ya que ayer me compré 4 libros de Russell y planeaba leerlos todos de un tirón.
Empezamos con Misticismo y Lógica. No creo que sea su ensayo más accesible, ni tan práctico como otros que quiero rever, pero es el que motivó todo este texto, así que merece la pena empezar por ahí.
Misticismo y Lógica
Russell comienza definiendo la metafísica: “el intento de concebir el mundo como un todo por medio del pensamiento”. Dice que se da gracias a la unión y el conflicto de dos impulsos humanos: La ciencia y el misticismo. A través de un breve viaje por la historia de la filosofía ejemplifica la tensión y luego procede a describir una serie de características que considera atadas a todas las formas de misticismo. Primero habla de:
“…la creencia en la lucidez frente al conocimiento analítico discursivo: la creencia en una forma de sabiduría súbita, penetrante, coactiva, que contrasta el estudio lento y falible de las apariencias. (…) Todos los que son capaces de absorberse en una pasión interna deben haber experimentado de vez en cuando una pequeña sensación de irrealidad en objetos comunes, la pérdida de contacto con las cosas cotidianas, en la que desaparece la solidez del mundo exterior, y el alma, en una profunda soledad, parece sacar, de sus propias profundidades, una loca danza de fantásticos fantasmas que hasta entonces habían parecido tener realidad y vida independientes (…)
La lucidez mística empieza por una sensación de misterio desvelado, de sabiduría oculta repentinamente hecha certeza más allá de cualquier posibilidad de duda.”
El resultado de dejarse llevar por este sentir, dice Russell, es la creencia en la posibilidad de un conocimiento independiente de la percepción, conocimiento que no necesita comprobación y que todo análisis de las apariencias no hace más que nublar:
“lo que otros buscan confusamente, lo conoce él, con un conocimiento al lado del cual cualquier otro es ignorancia”.
Como segunda característica del misticismo define: “su creencia en la unidad y su rechazo a admitir la oposición o división en ninguna parte”. Aquí cita a Heráclito: “el bien y el mal son una cosa”. Sobre el tema de la unidad del bien con el mal, Russell aclara:
“El misticismo no sostiene que cosas como la crueldad, por ejemplo, sean buenas, sino que niega que sean reales: pertenecen a ese mundo interior de fantasmas de los que nos librará la lucidez de la visión”. El misticismo, entonces, considera las “maldades” humanas como ficciones, de carácter puramente ilusorio y transitorio que se irán con la iluminación.”
En consecuencia a la anterior, llega a la tercera característica fundamental del misticismo, la negación de la realidad del tiempo: “Si todo es uno, la distinción entre el pasado y el futuro debe ser ilusoria”.
Entonces, Russell, para comenzar su disertación, se plantea cuatro preguntas iniciales:
“I. ¿Hay dos formas de conocimiento, que podemos llamar respectivamente razón o intuición? Y, si es así, ¿hay que preferir una a la otra?
II. ¿Es toda pluralidad y división ilusoria?
III. ¿Es el tiempo irreal?
IV. ¿Qué tipo de realidad le corresponde al bien y al mal?”
Encara la respuesta de estas cuatro preguntas diciendo que a pesar de considerar erróneo un misticismo plenamente desarrollado (Que responda a su manera las 4 preguntas), las doctrinas que este propone puedan proveer un verdadero elemento de sabiduría.
I. Razón e Intuición
Con la simpleza que lo caracteriza, barre con la cuestión con un golpe de pluma:
“Nada sé de la realidad o irrealidad del mundo místico. No tengo intención de refutarlo, ni siquiera de declarar que la lucidez que lo revela no es genuina. Lo que sí quiero sostener (y es aquí donde la actitud científica se hace imperativa) es que la lucidez, no comprobada ni respaldada, es una garantía insuficiente de la verdad, a pesar del hecho de que sea ella la que sugiera gran parte de la verdad más importante.”
Entra en detalle sobre este tema, en un pasaje muy interesante sobre la historia de la oposición entre razón e instinto. Russell, rescata el valor del instinto en situaciones prácticas donde la respuesta es inmediata, y a la intuición como mecha y vehículo espiritual fundamental de la ciencia. Cierra este pasaje con:
“Al defender la moderación y el equilibrio científicos frente a la presunción de una tranquila confianza en la intuición (…), aunque pueda entrar en conflicto con las creencias explícitas de muchos místicos, no sea, en esencia, contraria al espíritu que inspira esas creencias, sino más bien a los resultados de ese mismo espíritu cuando se aplica al reino del pensamiento”.
II. Unidad y Pluralidad
Russell aquí defiende la pluralidad como herramienta necesaria de análisis. Dice que este tipo de declaración tiene mucho más que ver con el estado de ánimo de la revelación mística, en el que la lógica no se siente necesaria, pero que al verse contrastado con el mundo se destruye. Si una forma de ver el mundo lo va a describir de una manera radicalmente diferente a la que se lo percibe, esta forma de ver el mundo necesariamente tendrá problemas al momento de intentar realizar formulaciones coherentes aplicables a esta realidad.
“Si nuestra lógica debe encontrar inteligible el mundo ordinario, no debe serle hostil, sino estar inspirada por una auténtica aprobación que no se encuentra habitualmente entre los metafísicos”.
III. Tiempo
Luego de declarar falaces los argumentos en contra de la existencia del tiempo, dice:
“Sin embargo el tiempo sí es, en cierto sentido (…) una característica irrelevante y superficial de la realidad. Debe reconocerse que el pasado y el futuro son tan reales como el presente, y al pensamiento filosófico le resulta esencial cierta emancipación de la esclavitud del tiempo. La importancia del tiempo es más práctica que teórica, y tiene más relación con nuestros deseos que con la verdad.”
Agrega más adelante:
“La diferencia percibida de cualidad entre pasado y futuro no es intrínseca, sino una simple diferencia en relación con nosotros: para una consideración imparcial deja de existir. Quien deseé ver el mundo verdaderamente, elevarse con el pensamiento por encima de la tiranía de los deseos prácticos, tiene que aprender a desprenderse de la diferencia de actitud con respecto al pasado y al futuro, y a contemplar todo el fluir del tiempo con un punto de vista globalizador”.
Ejemplifica esto criticando a Nieztche, entre otros. La filosofía de Nieztche parte de la base del “Desarrollo”. Al enunciar la evolución, Darwin destruyo las estanterías y compartimientos del conocimiento humano, y nuestra pedancia tambaleó. Pero luego descubrimos en la evolución misma un vehículo para movilizarla de nuevo a través de la idea de progreso: El universo va del caos al orden, de la simpleza a la complejidad, de lo mejor a lo peor
“Un proceso que conducía desde la ameba hasta el hombre les pareció a los filósofos un progreso obvio (aunque no sabemos si la ameba estaría de acuerdo con esta opinión) (…).
No me propongo entrar en un examen técnico de esta filosofía. Sólo quiero demostrar que los motivos e intereses que la inspiran son tan exclusivamente prácticos, y los problemas a los que se enfrenta son tan especiales, que resulta dudoso considerar que aborde ninguno de los problemas que, en mi opinión, constituyen la auténtica filosofía”.
IV. El Bien y el Mal
Sobre el tema del bien y del mal comienza diferenciando dos definiciones claras que da la filosofía del bien, y que conviven. Una es la naturaleza de todo aquello que es: todo lo que es, es bueno, y no tiene ningún mal que se le contraponga. Si no fuera bueno, no podría existir. La totalidad es bondad, es perfección, porque no hay nada que se le oponga. A esta definición en la que iguala el Bien al Ser, luego incluye un segundo tipo de Bien que es el Bien humano, el bien que nos beneficia a nosotros. Queda muy claro en el siguiente pasaje:
“Una postura ambivalente similar se encuentra en Spinoza, pero utiliza la palabra Perfección cuando quiere hablar del bien que no es meramente humano. Por realidad y perfección entiendo lo mismo, dice, pero en otra parte encontramos la definición: por bien entenderé lo que sabemos con seguridad que nos es útil. De forma que la perfección pertenece a la realidad por su propia naturaleza, pero la bondad es relativa a nosotros y a nuestras necesidades, y desaparece tras un estudio imparcial.”
El tipo de bien y mal que reconocemos cuando tomamos una decisión, el misticismo lo encuentra ilusorio. Solo existe bien, y el pertenece a todo lo que es. Este tipo de consideración es posible solo desde un punto de vista contemplativo: En cuanto se ingresa al plano de la acción, saliendo de la mera contemplación, inmediatamente se hace necesario elegir. Pero el místico insiste en la existencia de la posibilidad de ese amor y alegría universales, que Russell juzga de valor inestimable para la emoción mística.
“Revela una posibilidad de la naturaleza humana: posibilidad de una vida más noble, más feliz y más libre que cualquiera que pueda realizarse de otra manera”.
Luego regresa sobre el tema de la filosofía de la evolución en un pasaje inolvidable:
“La filosofía de la evolución, a través de la noción de progreso, está ligada al dualismo ético de lo peor y lo mejor, y está cerrada por lo tanto no sólo al tipo de estudio que descarta a la vez el bien y el mal de su consideración, sino también a la creencia mística de la bondad de todo. De esta forma la distinción del bien y del mal, como el tiempo, se vuelve un tirano en esta filosofía e introduce dentro del pensamiento la incansable selectividad de la acción. El bien y el mal, como el tiempo, no serían, parece, generales o fundamentales en el mundo del pensamiento, sino miembros tardíos y mus especializados de la jerarquía intelectual”.
Luego defiende una filosofía independiente de la ética. Una filosofía que no distinga entre el bien y el mal de sus conclusiones, no será realizada buscando la satisfacción de un deseo determinado. Describe luego como todas las ciencias se despegaron, para su mayor éxito, de las implicaciones éticas de sus resultados, que serían terreno de investigación para una disciplina particular: La ética. Mientras la filosofía siga siendo moralmente parcial (Que distinga bien o mal), no podrá aspirar a una condición de verdad real.
“La filosofía científica se acerca más a la objetividad que cualquier otra actividad humana, y nos da, por consiguiente, la constante más cercana y la relación más íntima con el mundo exterior que es posible alcanzar. Para la inteligencia primitiva, todo es amistoso u hostil; pero la experiencia ha demostrado que la amistad y la hostilidad no son conceptos a través de los cuales pueda comprenderse el mundo. La filosofía científica representa por tanto (…) una forma de pensamiento superior a cualquier creencia o imaginación pre-científica y, como toda tentativa de trascendencia, trae consigo la generosa recompensa del acrecentamiento del campo de acción, de la envergadura y de la comprensión”.
Russell termina equiparando el misticismo con una Filosofía Científica, una filosofía alejada de la ilusión del bien y del mal, y que no se deje engañar por el tiempo. La sensación mística, la iluminación, tiene el valor de alejarnos de esas ilusiones, de permitirnos ver la vida sin los filtros nublados del Bien, el Mal, el Ayer y el Hoy, y al facilitar esa abstracción, y al motivar a nuestras almas a contemplar y deducir, se reconcilia con los intereses de la ciencia y particularmente de la filosofía, incorporándolos a la propia mística.
Febrero 21, 2008 a 8:29 pm
lo único que pudo decir es felicidades.
Febrero 23, 2008 a 4:27 pm
Me apasiona el concepto de bien/mal y las dualidades en general como lo trata Russell, según comentas. Leí algunos fragmentos de libros de Spinoza y las clases de Deleuze (las cuales recomiendo, todas y cada una de ellas no tienen desperdicio y son preciosas introducciones al mundo de autores brillantes) así que ya venía empapándome de una perspectiva similar.
Bien Camporino, espero que estés satisfecho pues me ha llegado tu buen mensaje de extender los libros de Russell a la comunidad y pienso comprarme ese libro si puedo conseguirlo. Te felicito por el trabajo
. Ya tendremos alguna charla pos lectura.
También deberías leer Spinoza y Leibniz (Deleuze tiene clases sobre ellos). Yo no me siento informativamente apta como para introducirte así que te dejo los dos nombres y sentite libre de wikipediar para comenzar tu búsqueda cuando lo desees.
Febrero 23, 2008 a 9:50 pm
Si pudieras coparte con algún link a las clases de Deleuze, o tenerlas a mano para fotocopiar cuando pase por los Rosarios, sería genial.
Gracias por comentar Aie! (Y)
Febrero 27, 2008 a 1:45 pm
De nada, señor! Si es un placer…
Por si querés comprar los libros te doy los datos:
Serie “Clases” de la Editorial Cactus.
Vol 1 – Gilles Deleuze, En medio de Spinoza.
Vol 2 – Gilles Deleuze, Exasperación de la Filosofía.
Vol 3 – Gilles Deleuze, Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia.
Yo los tengo si querés fotocopiarlos. ^^
Marzo 7, 2008 a 5:26 pm
no entendi una mierda
Mayo 1, 2008 a 1:07 am
Creo que la ética no hay que negarla, por más procesalmente que se haga esta negación. Creo que a la ética (y no entendiendo por ética solo un sistema de proposiciones acerca del bien y del mal, sino todo aquello que concierne las relaciones humanas, y la comparecencia del otro para mí), creo que la ética, decía, hay que “consumarla” con la tematización más trascendental posible, junto con Occidente. Recomiendo la lectura de E Lévinas. Lo mismo pasa con el tiempo: ¿cómo negar (hasta donde puede hablarse de negar) lo que “por excelencia” constituye nuestro Dasein? La propuesta de Russell sobre el tiempo solo sería adecuada para una “nueva teoría del conocimiento” (campo donde Russell mas prospera), propia de alcanzar una verdad en-sí, y además permanece encerrada dentro del “concepto vulgar del tiempo” (Heidegger)
Junio 13, 2008 a 5:15 pm
ehhh bueno..no entendi del todo..pero igual me sirvio para un trabajo final de la u..gracias
Octubre 6, 2008 a 1:51 am
onestamente esta informacion no m sirvio de nada amigo nimodo
Noviembre 5, 2008 a 6:07 am
Beuno creo que Russell, trata temas tan diversos y pone en evidencia, particularmente en estos fragmentos que tu tratas, el problema de la dificultad entre la materializacion de las ideas. Creo que es el problema que uno enfrenta cuando intenta definir intenta construir un concepto de las cosas, lo que implica un dearrollo de lo geometrico que permita darle una dimension posible y que termina entonces volviendose un problema estetico desde todo punto de vista. Especialmente en la ciencia donde creo, Russell hace su mayor aporte.